Primero que todo, un conflicto se podría definir como una «situación en donde dos o más personas entran en oposición o desacuerdo debido a intereses y/o posiciones que aparecen como incompatibles (…)» (Torrego, 2003).

La manera en la que se resuelva esa situación va a definir si la relación se deteriora o sale fortalecida. Entonces, no tiene nada de malo que existan conflictos.

La psicóloga del Programa Aprender en Familia de Fundación CAP, Soledad Tagle comenta:

Incluso se puede aprender mucho de ellos, sobre todo podemos reforzar habilidades socioemocionales para desenvolvernos en la vida diaria. Lo importante es centrarse en cómo lo resolvemos.

Algunas de las características propias de la etapa de la niñez son las «pataletas», las dificultades para compartir y la tendencia a resolver conflictos con golpes o de manera agresiva.

La psicóloga agrega:

Muchas de estas conductas se producen porque aún los niños y niñas no saben cómo expresar su rabia o frustración.

Todas estas actitudes son esperables, e incluso a veces son necesarias para un adecuado desarrollo socioemocional.

En la medida en que vayan enfrentándose a estas, irán aprendiendo a resolver sus conflictos de mejor manera. Sin embargo, para que puedan aprender, debe haber otro que enseñe.

Soledad Tagle, del Programa Aprender en Familia de Fundación CAP destaca:

Por esto, es importante que los adultos significativos actuemos de inmediato y con buenos tratos cuando aparezcan estos comportamientos, para que así se transformen en oportunidades de aprendizaje. A veces podemos perder la paciencia ya que estamos muy cansados o sobrepasados. Sin embargo, es importante recordar que somos los adultos quienes, en primer lugar, debemos mantenernos en calma. Los buenos tratos son importantes para los adultos, pero lo son doblemente para un niño o niña que se está desarrollando y aprendiendo a relacionarse.

Algunas estrategias para enfrentar situaciones conflictivas en la familia:

1. Parar y respirar

Si es que estoy en una situación conflictiva, puede ser útil parar antes de reaccionar, conectarse con uno mismo y lo que está sucediendo, y respirar profundamente varias veces.

2. Mirar

Observar mi reacción corporal, mis sentidos, a la otra persona, la situación en la que estoy, para así hacerme consciente de lo que está sucediendo antes de reaccionar.

3. Escuchar activamente

Escuchar al otro, acallando todo lo que está pasando por mi cabeza, escuchar sin interrumpirlo, sin anteponer mis razones frente a las suyas intentando ganar.

4. Expresarse asertivamente

Expresar mis sentimientos de una manera adecuada, sin agresividad ni sarcasmo, descalificación u otra forma que pueda herir al otro, para abrir espacio al diálogo.

Es importante modelar con el ejemplo, ya que los niños y niñas están aprendiendo a expresar sus emociones y los adultos debemos enseñarles a hacerlo de la mejor manera.

Por ejemplo, si los adultos actuamos gritando cuando nos frustramos, no podemos esperar que nuestros hijos e hijas no lo hagan.

5. Anteponerse a los conflictos

Pensar antes cuáles son las consecuencias frente a ciertos comportamientos, para que todos lo tengan claro y no entrar a discutir sobre eso en el instante que está ocurriendo la situación.

Idealmente las consecuencias debieran tener sentido de acuerdo a la conducta que sucedió.

Por ejemplo, si el niño dio vuelta la leche porque estaba enojado, habrá que ayudarlo a comprender su enojo, ofrecerle otra forma de expresarlo y enseñarle que la consecuencia a su reacción será limpiar lo que se ensució.

Pedir la colaboración de todos los miembros de la familia. Esto es fundamental para gestionar los conflictos de una manera pacífica y asertiva, escuchando, respetando y validando las emociones.

Quizás no siempre se llegue a acuerdos, pero sí hay que intentar que ambas partes queden lo más satisfechas posible y aprender algo de la situación vivida.

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